miércoles, 28 de mayo de 2014

Me encanta el Metro, pero...

No creerán lo que disfruto el Metro. Lo mejor que me ha pasado es haberlo estrenado hace varios meses. Tanto me he acostumbrado que lo prefiero antes de llamar a una compañía de taxi, como lo hacia hace un par de años. Me ha facilitado trasladarme al área metropolitana en un dos por tres. 
El personal de seguridad es bastante joven y muy bien adiestrado, lo que permite que los usuarios se sientan seguros y confiados de manera general. En el Metro se respiran otros aires, porque dentro del mismo las personas tienen que comportarse ¡bien o bien! 
No hay forma de que un individuo quiera “propasarse” con una de las jóvenes, mucho menos expresar “como anoche” cuando a la hora pico y en la conexión con la ruta 2 la multitud arropa los vagones. Esa expresión se la dejamos a las guaguas voladoras. Cuando escribo que se respiran otros aires es que además de los usuarios conducirse bien, es un relax entrar al Metro luego de una larga faena, estresado o cansado, porque la temperatura es muy agradable, aunque sea por 20 o 25 minutos de recorrido.  

listindiario.com
¿Qué no me gusta?: que los usuarios obstaculizan la salida de los que se quedan, entrando a los vagones con desesperación, haciendo caso omiso a los mensajes que transmiten en los altoparlantes durante el día. 
También, en todas las estaciones está escrito que no se debe escuchar música, al menos que sea con audífono; sin embargo, muchas personas aprovechan este espacio para evangelizar a los pasajeros y se pasan el día entero de aquí para allá y de allá para acá, sin salir de las estaciones, lo que ha ocasionado muchas quejas por lo incómodo que resulta escuchar cada diez minutos el mensaje evangelizador. 
Si se permite esta situación cuando el país esté en campaña política sucederá lo mismo. La paz que da el Metro no la podemos convertir en bullicio. Creo que poco a poco la gente irá adquiriendo conciencia de lo importante que es tener un medio de transporte económico, rápido, seguro, cómodo y, lo más importante, nuestro. 
Nos toca a nosotros cuidarlo, protegerlo y defenderlo. El Metro ha llenado un vacío en la clase laboral.

-----------------------
Xiomarita Pérez
Columna Folcloreando
Publicada en Listín Diario 28-05-2014

sábado, 24 de mayo de 2014

Chaljub y doña Dulce



El viernes 23 de mayo 2014 visité el hogar del investigador de merengue típico, Rafael Chaljub Mejía, para entregarle un libro de merengue típico, hablarle de algunos de mis proyectos y degustar un asopa'o preparado por su companera de vida, doña Dulce. Chaljub me expresó que precisamente ese día se cumplía el 38 aniversario del fallecimiento trágico del virtuoso del acordeón Tatico Henríquez, quien además era su cuñado, ya que estuvo casado con su hermana Eva Chaljub. Las fotos las tomé el día de la visita y la columna más abajo es del 2011.
                                    
 Hace mucho quería escribir sobre ellos. Dos seres humanos a quienes hay que “sacarle” su plato aparte. Y no es porque siempre le hago la visita al mediodía para comer una verdadera comida casera, de tierra adentro, sino por lo afable que es esta pareja, lo sencillo, lo informal y lo mejor de todo, gente sana que está en período de extinción. 
                                    
Ya ni en los pueblos se ve la hospitalidad, porque hay cansancio, emigración e influye también lo económico. 
Donde Chaljub y Dulce no hay que anunciarse para comer, se conserva esa costumbre de cocinar mucho “por si se presenta alguien”. No falta la auyama, los guineítos verdes, un pedazo de mapuey y un dulcito que trajeron de La Gorda de Nagua, su pueblo natal. 
                                    
Esta tradición es parte de mi gozo, porque todavía recuerdo cuando vivía en Puerto Plata que se cocinaba con la intención de que sobrara. La gente no era “pijotera” y siempre vivía cargando del conuco.
Este desprendimiento amigable y natural de esta familia es lo que más admiro, ese desapego a lo material, lo que ha hecho que me roben el cariño. No hay poses que valgan. 
                                     
Hace varios días las autoridades de Universidad Autónoma de Santo Domingo le otorgaron a Rafael Chaljub Mejía el título de Profesor Honorario de esa Casa de Estudios. Lo celebro con alegría y cariño porque en el poco tiempo que lo he tratado muy de cerca me he dado cuenta de los conocimientos que posee, aún sin tener una carrera universitaria, lo que no ha sido obstáculo para transmitir a través de sus obras las investigaciones que ha realizado de lo que ha sido su pasión: el merengue típico. 
                                       
Esa pasión la ha compartido con sus dos compañeras de vida: la güira y doña Dulce. Ellas dos se van a campos y pueblos protegiendo al hombre, que sin hacer mucha bulla ha conocido y compartido con la mayoría de los intérpretes del merengue típico, entre ellos a quien fuera su cuñado, Tatico Henríquez.
Para Dulce y Chaljub un abrazo fuerte y que Dios derrame muchas bendiciones, salud y fuerza para que me sigan soportando. 

-------------------------------
Xiomarita Pérez
Columna Folcloreando 
Publicada en Listín Diario el 10-08-2011

miércoles, 21 de mayo de 2014

Jamás me puse cascabeles

En el período 1969-70 hice el primero de bachillerato en Puerto Plata, por razones de enfermedad de mi padre. Vivía donde mi hermano Guillermo, por el Mercado Nuevo y siempre iba a visitar a mi otro hermano Luis Pérez en la calle Sánchez, cerca del Malecón.
Siempre me han gustado los sonajeros, cascabeles, cencerros, el trinar de las aves, en fin, todo lo que suene que no sea estridente, que no afecte el sentido auditivo y me dé  paz, y una de esas tardes me coloco en mis humildes tenis blancos de la marca Paseo sendos cascabeles amarrados a los cordones y me dirijo a donde Luis. 
Al regreso tomo la calle Villanueva, antes de cruzar la Antera Mota, y oigo unos perros ladrando en los patios y detrás de mi cuchumil gatos maullando y otros canes ladrando fuera de su hogar. 
Ustedes no se imaginan el susto que pasé sin saber el porqué. Me paralicé y fui subiendo la cuesta solitaria lentamente, no hubo un humano que me protegiera. Me “engranojé” de tal forma que me iba a dar “un yeyo”, pero inmediatamente pensé que cuando hay miedo emanamos una sustancia que pone peor a estos animales y pueden irnos encima y creo que funcionó porque hubo un silencio sepulcral, le demostré a ellos no tenía miedo, jum! que no había motivo para que me ladraran, eso sí, siempre despacio, “matando hormigas”. 
Cuando llego a mi destino hago la historia y me cuentan el motivo de los ladridos, de esos ¡jau, jau! y de los ¡miau, miau! Resulta que todas las tardes un señor recorría las calles de la ciudad, vendiendo piltrafas, luego de salir del matadero. 
Mientras caminaba el señor hacía sonar una campanita, para que los dueños de estos animales le compraran. Esos felinos y canes creían que yo llevaba piltrafas, y pueden jurarlo que desde ese día nunca jamás he pensado en colocarme cascabeles en mis zapatos. 
Estos animales no grabaron en su memoria que el hombre había fallecido. Solo queda el recuerdo, al igual que a muchos compueblanos de ese tilín tilín de la campanita que me hizo subir la loma a paso de tortuga. 
Todos los pueblos tienen historias que contar, entre personajes pintorescos y costumbres que pertenecen a la tradición oral. 

---------------------------------
Xiomarita Pérez
Columna Folcloreando
Publicada en Listín Diario el 21-05-2014

miércoles, 14 de mayo de 2014

Colegio Mary Lithgow

Hice el segundo, tercero y cuarto de primaria, porque no se usaba el término “básica”, en este colegio de Puerto Plata. El uniforme era, y creo que todavía lo tienen, falda de fuerte azul las hembras y pantalón de esa misma textura los varones. La blusa o la camisa era de cuadritos de varios colores, dependiendo del curso. 
En bachillerato era cuadritos rojos para todos. Recuerdo a la profesora de segundo, Sol Graveley, que me exoneró la caligrafía por mis letras bien  hechas, y a la de cuarto, Dorka Calderón.  
También recuerdo a doña Chela y uno que otros compañeros de aula: Genarina, Gogui Clisante, Douglas Bournigal, Mayra Miller, Raquel Céspedes, etc.
Todas las mañanas, antes de entrar al curso teníamos que cantar el Himno Nacional y una canción escolar que jamás he escuchado en otros espacios y la plasmo aquí porque ya las escuelas y colegios no se toman el tiempo necesario para preparar a sus estudiantes para la vida. 
Dice así: “Pronto, niñito, parte a la escuela, que el tiempo vuela y el tiempo debes aprovechar. Con el estudio, con la enseñanza, con el estudio, todo se alcanza. Llegó la hora de trabajar, llegó la hora de trabajar... ¡tan, tan, tan! ya la campana sonó vibrante, hace un instante, alegre niño, alegre niño cruzó un tropel. Como ellos corren, como ellos juegan. ¡Vete a la escuela, vete a la escuela!, hace un instante lindo vergel, hace un instante lindo vergel”. 
La última estrofa no sé si es así, porque como está no le veo sentido, pero en mi memoria está así y he querido plasmarla para motivar a los que escucharon esta canción escolar, que no sé quién es el autor, a rememorar esos años de infancia. 
También existe un himno que no recuerdo en cuál centro educativo lo cantábamos y es el Himno a la Tierra, que después de los himnos Nacional y “Por amor”, lo considero el más bello que existe en nuestro país: “Tierra, yo gozo de ser labriego, y no abandono el verde campo por la ciudad......”. 
Está incluido en el libro “La patria en la canción”, de Ramón Emilio Jiménez, que como ensayo fue publicado por primera vez en 1917. Si esta obra la pusieran como texto oficial qué diferentes serían nuestros jóvenes.

----------------------------------
Xiomarita Pérez 
Columna Folcloreando
Publicada en Listín Diario el 14-05-2014

jueves, 8 de mayo de 2014

Xiomarita inicia curso de baile en primavera-verano



Para aprender a bailar hay que tener una comunicación íntima con la música. “El baile es disfrute, es gozo y por lo tanto la persona debe vivirlo”, dice Xiomarita Pérez
                                       
La Escuela Dominicana de Ritmos folklóricos y Populares (EdoRitmos) dejó abiertas las inscripciones de un curso para aprender a bailar merengue, salsa, bachata y son en seis domingos corridos. 
Las clases, que iniciarán el domingo primero de junio y culminarán el domingo 6 de julio, se impartirán en Adrian Tropical de la avenida Abraham Lincoln de 9:00 a 10:30 de la mañana.
El objetivo de este curso es que los interesados se decidan a aprender a bailar los ritmos que suenan en la actualidad y fortalezcan las relaciones personales.
EdoRitmos enseña los bailes con una metodología que parte de cero, es decir, imparte primero la calistenia rítmica para que el participante se pueda desarrollar sin limitarse a movimientos robóticos, como generalmente ocurre con el merengue, la bachata y algunos estilos de la salsa, como la salsa en línea.
En estos casos, como el participante no posee los conocimientos básicos se le dificulta el giro y el desplazamiento libre en la pista, lo que obstaculiza también el movimiento de la cintura.
La falta de orientaciones necesarias, además, hace que en lugar de bailar la persona  se la pase contando los pasos, dando vueltas y contra vueltas sin criterio, quitándole elegancia y belleza al baile.
Xiomarita Pérez, directora de EdoRitmos, expresó que cada persona tiene su estilo de baile y que, a menos que se trate de un grupo coreográfico o de competencia, las parejas deben mantener su individualidad.
“El baile es disfrute, es gozo y por lo tanto la persona debe vivirlo”, dice.
Beneficios
Xiomarita explica que el aprendizaje del baile influye positivamente en las relaciones,  ya que el ser humano es sociable, pero necesita de la decisión personal para lanzarse a un conocimiento nuevo que le permitirá desenvolverse en una pista de baile.
El baile, asegura, fortalece la relación de cualquier índole por la seguridad y la confianza que se adquiere durante y después del proceso de aprendizaje.
“Aunque nuestra misión es enseñar a bailar con una metodología ya implementada, para EdoRitmos lo principal es trabajar el participante como ser humano, brindándole confianza y empatía, transmitiéndole familiaridad”, expresa Xiomarita.
A esto contribuye el hecho de que sus hijas Nathalia, Noelia y Amelia Holguín Pérez laboran como instructoras de las clases, permitiendo un equilibro generacional por sus diferentes edades, pues en la escuela, como dice Xiomarita: “Aceptamos personas de 10 a 101 años, siempre y cuando estén interesadas en aprender”.
Para mayor información, escribir al correo xiomaritatebrinca@hotmail.com  o comunicarse al celular 809-383-4402.

-----------------------------------------
Publicado el 8-05-2014


miércoles, 7 de mayo de 2014

Vivencias pueblerinas

Mi abuela Virginia Castillo, “Minina”, se pasó toda su vida elaborando dulces de leche y recorría las calles de Puerto Plata vendiendo “la tabla” a treinta centavos. Hacer ese dulce era un ritual.
Luego lo hacía mi madre. Ya iniciando el proceso no se podía dejar de mover y tenía que ser con una paleta de madera. Cuando comenzaba a cuajar no podíamos ponerle temas de conversación, era bate que bate. Si en una movida de esa mamá hacía una “malasangre”, el dulce no cuajaba y se dañaba, y ya se pueden imaginar la amargura que pasaba. Eso sí, la “paila” o caldero, que era de cobre, no sé por qué, nos la rifábamos.
En la dulcería artesanal de Muma y Chicha
La venta de este dulce en mi pueblo ha sido una tradición. Luego lo hacía mi cuñada Marcela Eguren de Pérez, después su comadre Agustina, esposa del periodista Epifanio Lantigua, que todavía los vende, y las hermanas Muma y Chicha que viven frente a frente en la José del Carmen, que no solo venden de leche sino de jagua, coco con piña, con batata, con leche y de naranja. Esos dulces, principalmente los de leche, hay que comprarlos por encargo por la escasez de este preciado alimento. La boruga que venden es riquísima y en temporada de uvas de playa el jugo que preparan allí es una delicia, además de otros naturales. Otra persona que hacía dulces variados era Clotilde, esposa de Pablo el Cochero. El que más me gustaba era el de arroz. Hablando de coches, en mi pueblo se usaban más por necesidad que por diversión. Cuando me operaron de las amígdalas me trasladaron a mi casa en un coche. Este tipo de transporte estaba más relacionado con las enfermedades y a las cirugías que al disfrute mismo. Tal vez  el coche era menos peligroso que un carro, pues mi padre nunca usó el suyo para esos fines. De lo que sí estoy segura es que en mi memoria está registrado Pablo el cochero, un señor de edad que vestía un saco gris y un sombrero negro que de tanto usarlo hacía combinación con el saco. Vivía en la calle Isabel de Torres, más arriba del mercado nuevo. 

------------------------------------
Xiomarita Pérez
Columna Folcloreando 
Publicada en Listín Diario el 7-05-2014