viernes, 1 de noviembre de 2013

El Cabo de Año

Tradiciones dominicanas
En el altar se coloca la foto del difunto
                       
Puñal, Santiago.- Solo la unión familiar y el apego a las tradiciones pueden conjugarse para dar fortaleza a los dolientes de un ser humano que se fue de forma inesperada de este mundo o producto de una larga enfermedad.
Para ese descanso eterno los familiares deben cumplir con diversos rituales que se inician con los “nueve días” y terminan con el “cabo de año”, siempre y cuando el fallecido no pertenezca a una hermandad o cofradía, donde se le hace un “banco” de palos o congos, cuando cumpla tres, cinco o siete años, que es para despojarse del luto.
Juan Tomas Díaz Peralta (Joaquín) falleció el año pasado.  
La pequeña Magdalena Díaz Torres, nieta del difunto, brinda chocolate de agua a los presentes.


Como es tradición, le hicieron su novenario y luego sus tres “cumple mes”. El domingo 3 de marzo pasado le hicieron el “cabo de año”, que es el primer aniversario de la muerte del difunto y la familia lo celebró en esta ciudad de Santiago, donde vive la mayoría de sus hijos.
Llegamos el día antes para observar el desenvolvimiento de este culto a la muerte. El altar se colocó en la sala con una foto de Joaquín, la Virgen de la Altagracia y el Divino Niño, un vaso con agua bendita y velas encendidas sobre un mantel blanco. 
Ramilletes de flores naturales de diferentes colores adornaron el espacio ceremonial, mientras en la cocina se sazonaba la carne que se sirvió el día siguiente.              
Los hermanos Díaz Peralta usando la vestimenta de duelo.           
Tradición
A medida que llegaban los hermanos, tíos, primos, cuñados y vecinos de la Capital, estos iban asignándose espontáneamente sus respectivas funciones. Unos levantaban las lonas que sirvieron de cobertizo en la parte frontal de la casa, donde los hombres jugaban dómino, como es costumbre en la familia; y otros hicieron una zanja, muy común en este tipo de actividad, para cocinar las diferentes comidas.
                              
     Repartiendo la comida
En la mañana se sirvió un chocolate de agua acompañado de pan, por niñas que también se integraron para contribuir a esta celebración ritual en honor a su tío fallecido.
A las 10:00 de la mañana se inició el primer tercio, mientras se cocinaba diferentes tipos de arroz y de carnes. Yury, Teresa, Daila, Sugely, Ney y Guillermo hijos de Alicia, su primera esposa, fungieron como anfitriones. Roendy, Yaniris, Jimy, Muñeca y otros hijos de Joaquín unieron esfuerzos para que todo quedara organizado.         
  La zanja donde se cocinan los alimentos.
Muñeca se trasladó desde Bánica donde vive con su hija y se fajó a cocinar el chenchén que, aunque no es ritual, es comida típica del Sur y también era delicia del difunto. En varias ocasiones se quejaba porque la leche que se le echó al chenchén no tenía gusto, y presumía que esa leche no era de vaca alimentada con yerbas sino con otro tipo de alimento con sabor a agua.
Luego de servida la comida colectiva, toca el segundo tercio que se inició a la 1:30 de la tarde y el tercero y último a las 3:00 de la tarde, en el que participaron hombres, mujeres y niños para cerrar esta  ceremonia, donde la vestimenta de los hombres fueron también de duelo.            
    Jugando domino en familia
        
Unidad
La familia Díaz Peralta conserva estas tradiciones sureñas y es una manera de unir a la familia. Al preguntarle a Robert Díaz, uno de sus hermanos, por qué siendo sureños no le hicieron toques de palos o atabales nos contestó que Joaquín no era cofrade.
Su madre, Roselia Peralta (Tatá), sí pertenece a la cofradía y es un deber de los miembros de la hermandad tocarle palos cuando muera.
Ya es la parte final del ritual y Sagrario y Ángela Crisóstomo, esta última esposa del difunto, rezan y cantan. También alaban y ruegan a Jesús y a la Virgen María que perdonen las faltas que cometió el difunto en vida.
Ya son las cuatro de la tarde y mientras se escuchan sollozos de sus familiares, Sagrario “sella” con agua bendita a los asistentes, quitan el altar y las flores se recogen para adornar la tumba de Joaquín en el cementerio Cristo Redentor, donde reposan sus restos.

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Por Xiomarita Pérez
Publicado en Listín Diario el primero de noviembre 2013

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